Cambio de moneda

Cambio de moneda

Texto: José Raúl Rodríguez Rangel

Fotografías: Raúl Jiménez Obregón

 

CAMBIO DE MONEDA

Veinticuatro años hacen de la caída del muro de Berlín, le digo a Raúl, tocayo mío, fotógrafo español que anda por el barrio de punta gótica, en mi Cienfuegos natal, intentando capturar algo de lo visceral realista inserto entre los personajes de la novela, “La catedral de los negros”, del escritor cubano, Marcial Gala,

Principiamos la tarea, ellos, algo cansados por el calor sofocante del invierno caribeño y yo, oteando los sitios más peligrosos, los rumores ciertos o con pizca de certeza, los uniformes en el horizonte, entre las sombras, porque persiguen al turista, cámara en mano, no le digo nada a Raúl, no le comento que las autoridades tienen miedo al flash que pueda iluminar las alcantarillas desbordadas, las calles llenas de salideros de aguas negras, la indignación contenida de los vecinos, el miedo al cólera y al dengue silenciado por los medios.

Solo caminamos y por lo menos hoy, no se atreven a preguntar, posiblemente a interrogar, solo se limitan a seguirnos a paso de mambo y a ritmo de “Pantera Rosa”.

_ Nosotros no pensamos más en los ruskys, comento para disipar la tensión.

A decir verdad, hasta ese instante no había sacado la cuenta de los años que hacen del suicidio comunista, total, no soy berlinés y nunca supimos todos los detalles, pensábamos que era una muralla para la posteridad, levantada por el proletariado en nombre de la felicidad, la paz, la ayuda desinteresada, fraternal y solidaria de la Unión Soviética, sin embargo, hoy los cubanos estamos pagando a Rusia, trescientos veinte millones de dólares al año por concepto de deuda con la URSS, cuatro palabras, cuatro mentiras, como dijo Cornelius Castoriadis.

Y también sabemos que nuestros líderes tumbaron el muro, porque:_ “Ojos que no ven, corazón que no siente”, fue esa mi oración aquella noche, cansado como estaba de carnavalear en Cienfuegos luego de una larga juerga de boleros y salsa.

Después nos despertamos y tuvimos que improvisarlo todo. Los socios de la vieja guardia y yo nos reunimos en el cabildo de Santa Bárbara y decidimos seguir adelante, es decir, hacia occidente, entonces acordamos mantener las apariencias sin reparar en lo que podía acaecernos y decidimos crear un grupo de turistas artificiosos para entretener a las masas: _Avante, gritó mi primo en italiano, je sui francés, dijo alguien, a mí me tocó hacerme el español, me sentía más cómodo con ese traje, pronunciando las palabras con acento peninsular y hasta me inventé una historia infausta que hacía llorar a las mujeres después del trabajo, porque era en los tiempos libres cuando matábamos el aburrimiento totalitario y conjurábamos la depresión psicológica, económica y social durante aquella noche repleta de cerveza, rumba, salsa y cartas de nuestros hermanos internacionalistas combatiendo en Angola, que luego regresaron al país del discurso, las marchas combativas, los mítines relámpagos, los trabajos voluntarios, la emulación socialista y la terrible cotidianidad de la guerra fría.

No sólo improvisamos nosotros; la nomenclatura también lo hizo, declararon el periodo especial y quitaron la luz eléctrica diarias durante cinco años, dieciséis horas diarias, bajo la consigna de resistir lo que fuera y prontamente se fueron perdiendo los alimentos y las camas en los hospitales se llenaron de neurópatas periféricos con cegueras retro bulbares; “otra manera de dormir”, decíamos, sólo que esta vez nos levantábamos en medio de una resaca nutricional y estricta moratoria de rumba, salsa y ron.

Parecía que la locura nos tragaba. Un día se me acerca una mulata y me dice que me pagaba tres días en un hotel si yo actuaba y hablaba como si fuera español, tenía deseos de probar un Yuma._ Aunque sea de mentirita, me dijo, yo repliqué que si había comida de antemano para mi familia, yo hablaba como Alí Baba, y asintió. Me regaló entonces un saco de arroz y treinta libras de frijoles, así que estuve todo ese tiempo fungiendo como Borbón..  Bueno, si descontamos los momentos de placer, cuando mi psique solo se expresaba en cubano. _Es que yo no soy un robot mami, le dije.

Y llegó la dolarización en el noventa y tres. Las puertas de las diplotiendas para extranjeros comenzaron a dejar pasar a los cubanos y los que habíamos mantenido a occidente constelando sobre nuestros coetáneos para soslayar el tedio, dejamos de ser el centro de atención y otra vez tuvimos que improvisar y ajustarnos a la realidad, numéricamente hablando, éramos un experimento agotado por el money americano acabado de estrenarse como moneda de cambio en la economía cubana.

Y aunque la cerveza comenzó a parecer de verdad, la rumba, la salsa y el bolero eran puro folklore estatal fuera de las fronteras de Punta Gótica, porque el barrio se guiaba, en cuanto a tambores, por la norma Yoruba que dice: “Chivo que rompe tambor, con su cuero paga”.

Fue la época de los turistas de verdad con sus cámaras fotográficas y sus pantorrillas de jamón caminando por nuestras calles, dándonos los buenos días a todas horas, notable ejercicio de urbanidad para los babilónicos que habíamos estrenado el periodo especial y ahora dormitábamos en el último reducto del imperio moscovita, Punta Gótica, Cienfuegos, Cuba, a noventa millas de Miami.

Entonces propuse a mis socios del barrio declarar ambas ciudades, hermanas, una con comida y la otra con fogones de telaraña, pero ya los balseros se nos habían adelantado durante el maleconazo.

Cuando advertí por primera vez la republicana cerveza Hatuey, con el indio taino representado en la etiqueta de la botella, entré en pánico. Nos reunimos esta vez en la ermita de la virgen de la Caridad, patrona de Cuba, levantada en el centro del suburbio con los escombros de una casa derrumbada por el ciclón Lily y denunciamos persona non grata a Hatuey. No nos convenía ese indio en medio de la miríada de turistas españoles, ingleses, portugueses, franceses (podían pensar que nosotros les restregábamos el pasado en la cara), y decidimos entonces darle de baja, arrancando las etiquetas de las botellas de cerveza y si preguntaban por él, diríamos que su muerte había sido declarada daño colateral en medio de un conflicto civil armado.

Porque hacía falta impregnar en la economía, energías, tangas, sol, playa, mulatas colectivizadas, turismo y consignas revolucionarias.

Fue la época de las canciones de Carlos Varela: _“No tuve a Súperman/Tengo a Elpidio Valdez/ Y mi televisor fue ruso…, cantaba este.

También días de slogans pintados en las paredes, pero como no eran muchas las fachadas intactas, entonces gritábamos las consignas frente al proletariado en los matutinos de las empresas, las escuelas y las casas de la rumba.

Lo hacíamos para espantar los enjambres de mosquito durante los extensos apagones evaporados más adelante con la era Chávez, cuando Cuba giró hacia la izquierda dejando de lado a Moscú, enderezó por Caracas y aterrizó en la Habana con una consigna bajo el brazo: _“ Nuestro norte es el sur”, parodiábamos todos repitiendo el lema de Telesur.

Qué lástima, yo que le había cogido tanto cariño al norte de la estrella polar.. después de todo había representado requetebién, durante años, el papel de español, en  aquellos tiempos cuando estábamos solos en medio del mundo capitalista y solamente teníamos al barrio. Bueno, y Miami, Madrid, Paris, Tailandia, Australia, Alaska y sabe Dios adonde habían ido a parar los cienfuegueros ausentes, porque en honor a la verdad, los únicos latinoamericanos que yo había conocido eran los asesores soviéticos que se retiraban de Nicaragua.

Entonces tuvimos que aprender una nueva rutina, un nuevo sextante, una estrenada brújula apuntando al sur y aceptar que a los pueblos originarios no le gustaba Cristóbal Colón, el almirante se había transformado de la noche a la mañana en tabú o jerga políticamente incorrecta, como se dice ahora.

Hablar bien don de Pizarro, Hernán Cortez, Gertrudis de Avendaño, Alonso de Ojeda, se volvió una pesadilla totalitaria para quiénes aspirábamos a una misión internacionalista en el área de la salud, el deporte o la educación en Suramérica.

Fue por esa razón que empezamos a recitar el sermón del lago Titicaca, de Evo Morales, dedicado a la pachamama, y a rememorar las batallas de Pichincha, Boyacá, Carabobo, poéticamente garrapateadas en Quechua, Aimara, Ixil., etc., etc., etc.

Y nos olvidamos para siempre las hermosas historias Mohave, Mohicanas, Apache, Sioux, Ottawa, Shawnee, Dakota, Navajos, Comanches.

Como me dijo alguna vez el dueño de un paladar clandestino: “Mañana saco las etiquetas de la cerveza Hatuey con el indio a cuestas y se la pongo nuevamente a las botellas”.

En efecto, un día nos vimos recorriendo nuestras calles con imágenes del satélite de comunicaciones boliviano “Túpac Katari” en los pulóveres, carteras Inca colgadas en el hombro de los jóvenes y Pocahontas, la princesa Pocahontas, censurada por estar casada con John Rolfe, un inglés.

Llegó Telesur y heme aquí, en mi barrio, corrigiendo toda la literatura anterior al latinoamericanazo, lo escrito en la década de los noventa, refritamente dedicada a personajes occidentales que conocí en las tabernas de Punta Gótica, como ahora, bebiendo cerveza Hatuey democráticamente etiquetada con el indio emplumado: “La jacarandosa, la gran cerveza de Cuba”.